Aquellos que no recuerdan el pasado
están condenados a repetirlo”.
-Jorge Ruiz de Santayana

  Crear conciencia sobre la memoria histórica de la cual somos parte es una tendencia que desarrollé en mi vida universitaria.  Yéndome en contra de la Academia, el DRAE no es el mejor diccionario para definir ciertos conceptos o acepciones de voces usadas a través de los siglos, sobre todo las del continente americano.  Sin embargo, lo ocuparé como libro de referencia para definir el concepto ‘memoria’.  Según la vigésimo tercera edición, es la “facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado”.  En otras acepciones, también se define como una “exposición de hechos, datos o motivos referentes a determinado asunto”; un “estudio, o disertación escrita, sobre alguna materia”, o la ”relación de algunos acontecimientos particulares, que se escriben para ilustrar la historia”.  Justo sobre la memoria de nuestra historia trata esta colaboración.


  El propósito principal de la memoria histórica es reencontrarnos con nuestro pasado para enfrentarlo, entenderlo, resolverlo y crear conciencia de dónde estamos, cómo estamos y qué podemos hacer.  ¿Quiénes han sido los personajes encargados de hacernos llegar esos eventos históricos que han quedado en la memoria?  Aquí es donde la literatura entra en juego.  Son los grandes escritores, quienes muchas veces también han sido políticos y activistas al mismo tiempo; los periodistas, los líderes sindicales y, por qué no, nuestros padres, abuelos, bisabuelos y lo que les contaron a ellos sus respectivos ancestros.  Son las experiencias de vida, los recuerdos de lo que fue, lo que vieron, la verdad desde el punto de vista de cada personaje histórico, que al final terminamos siendo todos.  Cuando recuperamos esta valiosa información y la analizamos, nos encontramos con un común de datos y de allí, según la verdad de cada cual, podemos crear nuestra propia verdad y adueñarnos de nuestra historia.

  Últimamente he tenido la oportunidad de leer algunos libros que trabajan con la memoria histórica de Puerto Rico.  Han sido las Memorias de Bernardo Vega (1977) las que me motivaron a escribir al respecto.  ¿Quién es este hombre y qué hizo por el país?  Para muchos será un desconocido más.  Para mí es un artesano del tabaco que, en sus últimos años de vida, escribió su historia familiar, que al final es la historia de cualquier familia puertorriqueña.  Cabe destacar, antes de continuar, que al mencionar ‘memorias’ como género literario nos estamos refiriendo a “escritos de recuerdos históricos junto con datos de la vida del escritor” (Gordils, 2013).

  En el capítulo sexto, titulado Ascendencia de los Vega en América, con algo de mitología y mucho de historia, establece que una de las preocupaciones de un familiar -justo quien le ha contado lo que escribe en el libro- era el que los puertorriqueños no nos hayamos esforzado en reconocer a destacadas personalidades y, por esto, las nuevas generaciones les ignoran.  Establece que “los jóvenes de hoy día son víctimas de los que repudian a su país y reniegan de sus orígenes pretendiendo excusar su alevosía diciendo que Puerto Rico no tiene historia” (Vega, 80).  A esa nueva generación, los llamó “hijos de mala madre”.  Luego, en una parrafada, menciona a dieciséis puertorriqueños que se han destacado a nivel internacional y que su labor quedó marcada en la desgarrada historia que cargamos.  No logré reconocer el nombre de ninguno de esos personajes.  ¡Qué vergüenza!  Soy una ‘hija de mala madre’ que no conoce ni la mitad de la historia de su país, que es mi propia historia.

  Este texto literario, altamente recomendado, lo que hace es recalcar la noción de que debemos tener conciencia histórica.  Para entender lo que somos y cómo somos, debemos ir al pasado y reconciliarnos con esa historia.  Es un libro que se encarga de reunir valiosa información sobre el tipo de vida y las circunstancias políticas, sociales y económicas que rodearon al puertorriqueño de la época.  Estas memorias están escritas desde el punto de vista de ‘los de abajo’, estableciendo así que para salir de la miseria tenemos que conocer de dónde venimos (Gordils, 2013).  Su propósito, según se establece en el prólogo, fue “llenar el vacío de una memoria honrada acerca de cómo han vivido y qué han hecho los puertorriqueños en Nueva York, con el fin de estimular el conocimiento de nuestra historia”.

  A lo largo de la historia, muchos personajes se han expresado al respecto.  Es un tema que se repite constantemente.  Sin embargo, debemos preguntarnos si el hombre común de esta sociedad realmente conoce su historia o si está interesado siquiera en ello.  Reconozco en este escrito que soy ignorante de mi historia. ¿Es ese el primer gran paso?  Ahora toca investigar, leer, conocer y educar el uso de la razón (Hostos) y de la conciencia histórica (Vega).  Les invito a que acepten esta gigantesca tarea, comenzando por cambiar nosotros mismos.  “Ciertamente, para poder ponernos de pie, los puertorriqueños de cada generación tenemos que comenzar por afirmarnos con nuestra historia” (Vega, 81).

© Grisel R. Núñez, 2013