Un pueblo rotulado es uno que lleva en la frente una inscripción que detalla todo su contenido: lo que es, para qué sirve y hasta cómo debe comportarse. Cada pueblo con esta característica pudiera, entonces, separarse entre diversos productos con ingredientes que no se pueden mezclar: verdes con azules, católicos con protestantes, homosexuales con conservadores, y así siguen los ejemplos interminables. Para preparar la receta de lo que es el puertorriqueño, no sé a quién se le ocurrió la idea de encasillarnos y encajonarnos en un solo paquete y, al final, nos terminaron dividiendo entre colores, nombres y empaques que ni siquiera nosotros entendemos. Nos tienen apretujados y mal ubicados en un anaquel del que no podemos salir.


  Es una manía que tenemos de tener que clasificarnos y dividirnos entre tipos.  Estuvimos siglos siendo encasillados por cada extranjero que llegaba y nos lo creímos tanto que terminamos por defender e imponer etiquetas.  Nemesio Canales, en su ensayo titulado “No servimos” lo describió: “sale uno a la calle y emite una opinión y lo primero que se saca a relucir es lo del partido a que pertenecemos, o la doctrina religiosa o filosofía que profesamos”.

  ¿Acaso enmarcarnos no es limitarnos o quedarnos estancados en un rótulo?  ¿No podemos ser mejor un ingrediente que sirva para muchas recetas?  Desde que nacemos nos ponen el sello y sin darnos cuenta actuamos por el resto de la vida de esa forma porque 'somos así'.

  Sucede, por ejemplo, con los partidos políticos.  El que es de un color apoyará a sus representantes así tengan un pie en la cárcel y otro en el infierno.  Para colmo, justificará sus acciones y peleará, de ser necesario, hasta con su propio vecino por defender a quien poco puede que esté actuando en pro de su bienestar.  Ni siquiera se dan la opción de pensar en otras alternativas porque no llevan el color de su etiqueta.  Entonces, debemos preguntarnos si sabemos, al menos, lo que contiene ese grupo al que pertenecemos, lo que lo define y para qué sirve.  No podemos actuar automáticamente, que sería ver el color, la rotulación, y con eso determinar que “es uno de los nuestros”.

  Creo que la culpa es el factor atavismo, ese ‘ismo’ que tanto nos ha estancado.  Heredamos de nuestros padres la etiqueta y somos eso sin protestar.  De pronto queremos tener otra o no tener ninguna, comportarnos de otra forma, pensar o actuar diferente a lo establecido.  Un día, sin más, los escrúpulos hacen acto de presencia y aquello que llamamos neuronas chocan por primera vez creando un impulso eléctrico suave, aunque suficiente como para querer ver más allá de lo que tenemos de frente, de lo impuesto, de lo heredado, de la barrera que te imposibilita.  En pleno acto de rebeldía, vemos un poco de luz y se nos ocurre dejar de ser para comenzar a SER.  Pero la impresión hace que el miedo se apodere de nosotros, por lo que terminamos siendo fiel a la obligación: permanecer en el cajón etiquetados y acojonados.

  “Nos encontramos a lo mejor con que una etiqueta nos da sin más examen la clave de todas las ideas y opiniones de nuestro individuo, quien no queriendo tomarse el trabajo de pensar y opinar con su cabeza, …, se hizo de un credo, de una doctrina, de una cartilla ideológica que le da hechos sus juicios y hasta las palabras en que ha de expresarlos” (Canales).

  Somos más de lo que nos han hecho creer; pero si no pasamos el trabajo de conocernos, de descubrirnos, jamás sabremos lo que somos y hasta dónde somos capaces de llegar.  Estamos acostumbrados a lo fácil, a la comida masticada y digerida.  Hablamos por opiniones, por lo que nos contó Fulano y por el consejo que nos dio Mengano.  Para que la palabra tenga validez tenemos que hablar con la verdad, con hechos y datos.  Esto se logra saliendo del cajón, rompiendo el dichoso rótulo que nos llena de prejuicios y dedicándonos a aprender, a descubrir, a investigar y a razonar.  Debemos ponernos como misión llegar a altos niveles de pensamiento, los cuales nos permiten argumentar y debatir con fundamento; nos preparan para ser mucho más que una etiqueta.  Intentemos que con el ingrediente que somos se puedan preparar muchísimas recetas, de aquí y de allá.  Sigamos el consejo de Canales: dejemos de ser hombres sometidos a la servidumbre de un rotulillo.

© Grisel R. Núñez, 2013