En la segunda parte de este artículo ejemplifiqué el concepto de macrocultura describiendo las características particulares de mi pueblo: Juana Díaz. Respecto a la cultura puertorriqueña, se destacó que nuestro personaje distintivo es el jíbaro. Para culminar con esta cadena de colaboraciones sobre la cultura que nos define, destacaré otros conceptos que encontramos bajo nuestra idiosincrasia.

  Todos conocemos a algún puertorriqueño que vive en el extranjero. Cuando se mudan, pasan por un ‘choque cultural’, una fuerte sensación de desorientación e incomodidad al no poder asimilar las costumbres del otro país. Causa depresión, ansiedad e irritabilidad. La persona tiende a rechazar y a cuestionar todo lo nuevo. Se desorienta con facilidad, no sabe cómo relacionarse, cómo reaccionar, qué decir o cómo proceder.

  Con el pasar del tiempo, la persona entra en un proceso de aceptación de la otra cultura. Las cosas ya no le parecen tan malas. Aprende a convivir. Lo ideal es lograr una relación ‘intercultural’, donde ambas culturas interactúen aceptando su diversidad y enriqueciéndose mutuamente. En las ciudades más grandes, sobre todo en las capitales de cada país, encontraremos la coexistencia de diferentes culturas. Esto se conoce como ‘multiculturalismo’.

  El puertorriqueño emigrado se adaptará a la cultura de donde resida, como lo haría cualquier otro ser humano. Sin embargo, nuestra identidad cultural es tan fuerte que donde quiera que nos encontremos dejamos saber que somos boricuas. En nuestras casas siempre habrá algo que nos transporte a la tierra que nos vio nacer. Nuestro sentido de pertenencia es fuerte, al punto de que intentamos hacer las comidas típicas con los ingredientes que encontremos, celebramos la navidad con parrandas y octavitas, escuchamos a la Sonora Ponceña y hablamos con acento lelolai. Vivimos y gozamos nuestra cultura puertorriqueña. Confirmamos, cada vez que podemos, el famoso lema de Corretjer: “yo sería borincano aunque naciera en la luna”.

© Grisel R. Núñez, 2013