No pienso hablar de términos económicos, porque considero que la calidad literaria no se mide a razón del dinero que recibimos por algún escrito. Quiero que nos concentremos en la ilustración: el escritor deshecha hoja tras hoja, como si no tuviera valor; sin embargo, bajo el balcón se encuentra un grupo de mujeres leyendo las hojas sueltas con interés, con entusiasmo. Y es que esto nos pasa mucho: no valoramos nuestras letras, nuestro trabajo.

  Hay otras personas que, al contrario, están tan obsesionadas con vender lo que producen que terminan prostituyendo su trabajo o publicando cualquier cosa que no tiene calidad literaria, que ni siquiera ha pasado por un proceso de corrección. Se fueron al otro extremo y, aunque todavía no me lo creo, ayer me topé con un grupito elitista que considera que solo los escritores que venden su trabajo pueden llamarse así.  o.O

  No me puedo quedar callada. Conozco a muchas personas que son excelentes escritores (tienen contenido y dominan las técnicas) y que solo publican para su familia o sus amistades, que mantienen blogsnovelas, que no están interesados en vivir de lo que escriben… al contrario, son gente que ama tanto la escritura que continuamente crean otros mundos y los comparten con los demás a cambio de la satisfacción de saber que sus letras cumplieron con el objetivo de algún lector: divertirse, ilusionarse, pasar un rato de ocio, viajar a otros mundos…

  Eso, que me pregunto ¿cuánto valen nuestras letras? No está bien que nos juzguemos y autocritiquemos hasta la saciedad, que desprestigiemos cualquier verso o párrafo escrito, porque entonces ¿para qué rayos escribimos? Tampoco está bien que creamos que ya lo sabemos todo y que solo tenemos que vender, sin preocuparnos siquiera de la corrección ortotipográfica y de estilo.

No cualquiera que escriba unas frases, junte oraciones y entremezcle párrafos es un escritor, porque si no ¡cualquiera lo sería! Un escritor REESCRIBE.


  Aprovecho también esta breve reflexión para pedirles disculpas. Esta semana he estado un poco alejada del blog y es que ¡no he parado de trabajar! Confieso que estoy agotadísima, que me alejaría del computador por una semana completa para tirarme en la cama a descansar y a disfrutar de la lectura de un par de libros. En serio, no sé cómo le hago, pero desde que despierto hasta que me acuesto estoy trabajando.

  Y no, no me quejo. Me encanta lo que hago y estoy más que agradecida de todos los que han confiado en mi experiencia y en mis conocimientos para ayudarles a corregir sus manuscritos o a redactar algunos escritos (investigaciones, ensayos, artículos, reseñas, etcétera). Desde que comencé con Escritos on Demand he enriquecido mis días con literatura, artes, cultura... ¿Qué más puedo pedir?

  Valoro mi trabajo de correctora, de escritora por pasión y por encargo, de profesora de un taller literario, entre muchos otros. Pero, no hay nada que me satisfaga más que terminar un trabajo y saber que la otra persona está encantada con lo que he hecho, me agradece a más no poder, me recomienda con otros ¡y me busca nuevamente!

Cuando uno da lo mejor de sí y se dedica a ayudar a otros con los conocimientos y herramientas que tiene, la vida le sonríe y le devuelve las bendiciones.


  También tengo que contarles que culminé el Camp NaNoWriMo superando la cantidad de palabras meta: terminé con cerca de 30,000. Pero si hubiese contado todo lo que escribí para el blog y para mi trabajo… ¡creo que rompía con el contador!  Y como sé que algunos lectores de Cafetera de Letras se anotaron, les pregunto ¿cómo les fue? ¿lograron el objetivo?

  Y es todo por el momento. Pronto les traigo más, ¡que tengo muchas ideas para compartirles! Eso sí, quiero saber si te matricularás en el curso, si completaste el reto del NaNoWriMo y, sobre todo, qué piensas sobre mi reflexión inicial. ¿Cuánto valen tus letras?