Conozco a un hombre cuarentón, abogado de profesión, que hace apenas unos años descubrió su verdadera pasión, una que tenía tan escondida que ni siquiera sabía que existía: la escritura. El bichillo de las letras comenzó a picarle lentamente, apoderándose de él. Pero… ¿cómo se iba a dedicar a la escritura literaria después de tantos años escribiendo textos legales?, ¿de dónde sacaría el tiempo cuando tiene una esposa y dos críos que atender?, ¿cómo aprendería el oficio de escritor, si no sabía siquiera por dónde empezar?

(Hasta aquí, creo que mi amigo ya sabe que escribo sobre él, o al menos se siente bastante identificado.)

Este hombre trabaja todo el día encerrado en su oficina o defendiendo (a veces causas perdidas) ante un magistrado. Llega tarde a la casa. Comparte con su familia. Hace las tareas domésticas o ayuda a los niños con las suyas. Resuelve problemas e intenta tener vida. Y cuando su esposa e hijos se quedan por fin dormidos (cerca de la media noche), cuando hay silencio en su casa, se comenzó a encerrar en un cuartito que convirtió en su lugar de trabajo para leer.

Inició su formación literaria devorando libros. Leyó clásicos, contemporáneos, juveniles, bestsellers y cuanto libro se le apareció en frente. Pero no leyó por leer, leyó buscando aprender, leyó cuestionándose cómo escribiría él esa historia o cómo la mejoraría. Y comprendió que necesitaba conocer algunas técnicas de escritura, darle nombre a los recursos que se repetían… así que entró en internet y comenzó a navegar por cuanto foro, blog, grupo y página de escritura encontró.

Sus horas de sueño fueron cada vez menos, pero su cuerpo lo resistió. Llegada la media noche, se encerraba en su rincón oscuro a leer, a investigar, a… practicar la escritura. Y cuando ya tuvo miles de escritos acumulados en una esquina, comenzó a reescribirlos, a corregirlos, a criticarlos de la forma más terrible que pudo. Se convirtió en el peor enemigo de su propia escritura, desechando lo que consideró errores de novato, descartando todo aquello que se asemejó a algún libro que leyó, renovando todas las ideas que se le ocurrieron, …

Hasta que llegó el punto en que decidió participar en algunas páginas literarias, publicando sus textos en espera de críticas y comentarios. Todos los recibió con agrado, esperando aprender. Buscó información con cada sugerencia: ¿qué dice la academia sobre el uso de esa coma?, ¿cómo puedo definir mi estilo de escritura?, ¿qué tal se leería si lo reescribo en primera persona?, ¿qué elemento debo añadir para mantener el suspenso, para captar la atención?

Y luego conoció la Cafetera de Letras. Y se leyó todo lo publicado (incluso los comentarios). Y decidió participar en el reto de un año: 12 meses, 12 cuentos. Y fue uno de los más persistentes, de los más puntuales en los plazos. Y terminó el año con un libro corregido. Y siguió buscando información hasta que aprendió a maquetar, hasta que autopublicó por Amazon en papel y digital. Y se creó un blog para promocionarse. Y aprendió a utilizar las redes sociales a su favor. Y vendió. Y lo leyeron. Y recibió valoraciones positivas. Y lo siguen leyendo. Y no necesitó intercambiar enlaces, pedir favores de reseñas o mendigar lecturas. Y le ha ido tan bien que uno de sus textos fue escogido para ser publicado en un libro antológico y ya está sumergido en otro proyecto literario: una novela.

También conozco a una mujer, misma edad, varios títulos universitarios en sus hombros, sin ejercer ninguna profesión u oficio. Siempre ha vivido del Estado y, en total disconformidad, se queja por todo; palo si boga, palo si no boga. Asiste a cuanta actividad literaria hay. En todas se presenta como escritora. Si hablas con ella, tiene un dominio de la palabra tal que… le crees. Caes en su laberinto y llegas a pensar que estás hablando con una experta en literatura.

Lleva más de veinte años en esto de “ser escritora”. Es de esas que representan a los silenciados, a los vulnerables, a las minorías. De esas que hablan sobre la lucha de clases, el feminismo y los constructos socioculturales. De esas que se quejan porque nadie la toma en consideración para dirigir iniciativas literarias porque los organizadores “están politizados”. De esas que critican los bestsellers y consideran que todo aquello escrito por una persona menor de 30 años carece de calidad literaria. De esas que aseguran que para escribir solo se necesita pasión, esa energía con la que nacen pocos.

Sí, de esas que están metidas en tanto debate y disyuntiva del mundillo literario y cultural, que de pronto pasa desapercibido que en todo este tiempo no ha publicado un libro, que ninguno de sus textos (si es que alguna vez alguien los ha leído) ha salido publicado en una revista, concurso, página web o lo que sea (a pesar de haber organizado varios eventos para conseguir fondos y costear su “próxima publicación”). Y que si le pides que participe de una lectura poética o dramatizada, donde deba compartir un escrito propio, este termina siendo tan sobreactuado que logra dirigir tu atención a su entonación y el movimiento de brazos para que no te des cuenta de que el contenido se parece mucho a alguna publicación de Gioconda Belli o Elena Poniatowska. :O

(A este punto, esta pseudoescritora jamás se dará cuenta de que escribo sobre ella porque no lee mi blog, porque no considera mi trabajo/formación/experiencia dignas de reconocer pues apenas soy una niña de 28 años… Y si llegara a leer este blog por alguna extraña razón, el ego no la dejaría reconocer que escribo sobre ella.)

Y bien, a este punto te he presentado a dos personas. Juro que no he exagerado o inventado las historias. Al contrario, quiero que retomes el título del post y reflexiones: ¿el escritor nace o se hace?

Por una parte tienes a un hombre que nació con la constancia, el talento creativo y crítico (algo que tienen pocos), pero que los dejó encerrados en lo más profundo de sí por varias décadas. Hasta que un día, ese palpitar le hizo dar el paso y buscar tiempo donde no lo tenía, perdiendo horas de sueño diariamente, para formarse en un área desconocida. Y para mí, lo logró, es escritor. Respeto tanto su trabajo literario y su sentido crítico, que le he solicitado que me corrija mis textos. Sin embargo, él todavía se considera en formación y jamás se ha llamado a sí mismo “escritor”.

Por otra parte tienes a una mujer que se autoproclama escritora por los cuatro vientos, a pesar de no haber publicado, de no tener formación en el área (porque los escritores no necesitan aprender nada, solo escribir dejándose llevar por sus vísceras). Ella “nació” siendo escritora. Y lo único que hace es participar de actividades y debates literarios.

Uno nació y se hizo. La otra nació y… no sé qué más.

Ahora quiero saber tu opinión: ¿el escritor nace o se hace? 

Image